La juventud de los clásicos
Sant Cugat. 5 de Noviembre 2006 - Diari de Sant Cugat.
Concierto celebrado el 26/09/06
Se ha repetido mucho que Haydn fue el inventor de la sinfonía y del cuarteto, pero si en el primer caso hay precedentes claros y diversos, en el caso del cuarteto se trata de una obviedad manifiesta. La larga vida del compositor austriaco le proporcionó tiempo para escribir sesenta y ocho y ocasión también para que otros músicos, un compatriota como Schubert por ejemplo, tomasen nota y practicasen la creación en una de las formas más fecundas y generosas de la música de cámara y, por extensión, de toda la música.
El programa se presentó cronológicamente invertido, es decir, que la primera parte era el Cuarteto de Franz Schubert, una composición que contribuye a mantener la fama del vienés como una de las figuras fulgurantes y llenas del romanticismo alemán y que plasma a la perfección el sentido y la esencia de la música de cámara. Arranca con el moderato con la intervención especialmente interesante del violonchelo, pasa al minuetto de melodía sencilla, después lento e patètico, una extraordinaria muestra de emoción y clima interpretativo, volviendo a la alegría y ritmo popular de zíngara, trío, zíngara y acabando con tema con variaciones, una de ellas la irónica serenata para impedir que la dama se duerma, que sonó especialmente exquisita. A continuación, Fantasía, una obra del violonchelista Motatu, rumano que desde el año 1984 es miembro de la OBC y que nos ofreció una partitura apasionada de entrada para pasar después a la recreación de sonidos de reminiscencias selváticas, de pájaros exóticos y sonidos arquetípicos, en los que las flautas de Antón Serra tuvieron su protagonismo fundamental.
La segunda parte se inició con el Cuarteto op. 19 nº 3, una obra canónica, a la que seguía el Cuarteto en Re mayor, ambos de Haydn, una demostración de la vigencia y autoridad del compositor, con cinco movimientos cada una que muestran toda su capacidad para dar expresividad al conjunto instrumental y, en este caso, con la preeminencia de Jaume Torrent, músico de un rigor y seriedad total, siempre preocupado por dar a la guitarra su espacio real entre los instrumentos de cuerda, sin sacrificar nunca la pureza del sonido propio a la fácil amplificación que la desvirtúa y que, incomprensiblemente para mi, es aceptada en demasiados lugares como un hecho inevitable. El Adagio del Cuarteto en Re mayor fue una lección del éxito de su trabajo ya que obtuvo un resultado óptimo en la capacidad volumétrica del instrumento, sin merma de la sensibilidad ni de la emoción. Para agradecer los aplausos de un público lamentablemente escaso pero entusiasta, Molto perpetuo, del violonchelista Motatu.
Por Eduard Jener


